Continuamos con la obra de
monseñor Balducci, “El diablo”.
8- ¿Cuántos son los
demonios?
Muchos Padres de la Iglesia
y teólogos concuerdan en que el número de ángeles supera la posibilidad de cualquier
cálculo humano.
En Apocalipsis 5,11 se dice
que el número de ángeles era miríadas de miríadas y millares de millares.
Y en Apocalipsis 12,4 se lee
sobre el dragón que “su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del
cielo y las precipitó sobre la tierra”. Varios Padres ven en las
estrellas a los ángeles y así hablan de una tercera parte de ellos que se
volvieron diablos.
Comoquiera que sea, todos concuerdan
en que el número de los demonios es muy elevado.
Santo Tomas se pregunta si
los ángeles que pecaron superan en número a los que permanecieron fieles. Y responde
que, al contrario de cómo habrían obrado los hombres (influenciados en
su juicio por los sentidos, de los que carece la naturaleza angélica) los ángeles que permanecieron fieles son muchísimo más
que los otros.
Dios creó como consecuencia
directa de su bondad infinita.
Dios creó el mundo y sus seres no porque los
necesitara. Ni el mundo ni los seres le aportan nada a Dios. El acto creador de Dios es
desbordamiento de su bondad infinita. Su amor es tan imposible de comprender y
medir para nosotros, que lo llevó a crear. El amor como la bondad son
esencialmente expansivos. La creación es consecuencia de la expansividad del
amor y la bondad divinas. Cuanto más crea, Dios expresa su amor. Por ello
podemos creer que creó tal cantidad de ángeles que nos es imposible
comprenderlo. Millones de millones. Y de ellos, sólo una parte le fue infiel.
Los demonios son pues, miles
de millones. Pero menos que los ángeles buenos.
9- ¿Existe una jerarquía
entre los demonios?
Se puede suponer
una jerarquía pero no sostener con certeza.
Del Nuevo Testamento parece
deprenderse que sí existe esta jerarquía. En efecto, se habla del “príncipe” de
los demonios (San Mateo 9,34), del diablo y sus ángeles (San Mateo 25,41), de
los principados y potestades (Efesios 6,11-12), etc. Además, si los demonios
eran ángeles y estos tenían jerarquía, es dable sostener que la continuaron o
conservaron luego de revelarse.
Balducci se inclina por
pensar que los demonios se diferencian por su poder y que esto marca una jerarquía.
En el sentido de que el mayor poder de uno puede obligar al otro a obrar en
consecuencia. Por ejemplo: si un diablo está en posesión de un individuo, otro
de más poder lo puede obligar a permanecer en él por más tiempo.
Ya Santo Tomás argumentaba que
tenían diversa perfección natural y, en consecuencia, la acción de unos podía
estar por debajo de la acción de otros.
10- ¿Tienen un nombre?
No encuentra motivos para
sostener que tengan nombres propios, específicos cada uno de ellos. Si en algún
momento se lo adjudican, cree que lo hacen de puros mentirosos que son. Otra cosa
es que nosotros les demos nombres. Y en esto la Sagrada Escritura ha sido muy
parca.
Lo que sí hay y encontramos
en la Sagrada Escritura son los nombres genéricos asignados a los demonios. El
nombre “espíritu maligno” se encuentra 76 veces en el Nuevo Testamento. Luego en
63 oportunidades habla de “demonio”, término de origen griego, de etimología
incierta y que indicaría la acción maléfica que esos espíritus difunden en el mundo en oposición a la de los ángeles.
Las Sagradas Escrituras
mencionan en 36 oportunidades el nombre genérico
“satanás” (principalmente en el Antiguo Testamento) y en otras 36 el nombre “diablo”.
El Nuevo Testamento menciona
a los ángeles malos en 211 citas. También se encuentran aquí otros apelativos
genéricos, por lo menos unos 20. A saber: acusador, el dios
de este mundo, el enemigo, el tentador, el malvado, homicida desde el principio,
padre de la mentira, pecador desde el principio, principe de este mundo,
serpiente, espíritu malo, espíritu inmundo, espíritu impuro.
Finalmente, hay que subrayar que estos nombres se usan indistintamente pero, en todos los casos, orientados a indicar la
actividad maléfica de los espíritus infernales. (Continuará)












