Parece que el
hombre de nuestro tiempo no tuviera alma. Nadie que debiera hacerlo la
menciona. Oyen ustedes hablar del alma a los sacerdotes cuando predican? O a
los pastores? O a los tele-evangelistas? O a los filósofos?
El
materialismo que nos sumerge es tan atroz que mató al alma. Hasta la mató en
aquellos que debieran recordarnos que tenemos una. El hombre ha quedado
reducido al cuerpo y a sus necesidades. Que son exclusivamente materiales.
La
preocupación por el cuerpo es paralela a su enaltecimiento. A su
sobrevaloración. Y no es para menos, si consideramos que al no tener alma, el
yo se identifica sólo con el cuerpo. Yo soy mi cuerpo. Que es casi como
decir-siguiendo a Feuerbach- yo soy lo que como. En definitiva, las emociones,
los sentimientos y cualquier otra pulsión son emanaciones de la materia, del
cuerpo. Como en los animales.
A tenor de la
sobrevaloración del cuerpo y la materia, cobra impulso la exaltación de sus
necesidades. Potenciado todo en atención a que, al no existir el alma, tampoco
existe la posibilidad de una vida más allá de ésta que nos da el cuerpo. La
vida actual, la única posible, merece cuidarse y exaltarse con sus necesidades
porque tales son las del cuerpo y el cuerpo soy yo. Soy todo yo.
Al compás de
esto, crece en la sociedad la “conciencia” por la satisfacción de las
necesidades “sociales”. Que son poco menos que idolatradas.
La felicidad
radica en la posesión de un bienestar que, a juzgar por sus mentores, no tiene
más límite que las pretensiones sin limite del hombre. Si a alguien se le
ocurre decir que tal felicidad es una fantasía, no será entendido. Apelar al
espíritu o a los bienes espirituales para revelar tal fantasía, será
considerado un acto de insalubridad mental o de hipocresía. Porque el alma no
existe y, como tal, no puede reclamar bienes que satisfacer.
La felicidad
del hombre pasa por tener porque tener bienes materiales lo hace ser. Tener es
ser. Esta mentalidad materialista ha calado en el corazón de todos, aun de los
pobres. El pobre hoy día es también materialista.
Los lideres
religiosos católicos actuales, que son los que me interesan, en su gran mayoría
gastan el tiempo con este convencionalismo: hablar de la pobreza hasta el
hartazgo. Es una especie de altruismo materialista. Encendidas diatribas
contra la "teología de la prosperidad" y fogosos discursos por la
"eliminación" de la pobreza material. Nada de nada sobre la pobreza
espiritual. Mientras tanto, los pobres (materiales y de espíritu) esperan
que les hablen de Dios. No saben que tienen alma porque ninguno de ellos les
habla del alma. No saben que hay otra vida. Porque ninguno de ellos se los
dice. Por consiguiente, ignoran que tienen un alma que salvar. Es más, alguno
de estos clérigos no cree que hay otra vida. Miremos, sino, el actual Sínodo de
la Amazonia, con su despilfarro de desvergonzado paganismo. Estos vienen a
salvar a la Iglesia después que la hundieron. Vienen a salvar el planeta.
Cuando Cristo vino a salvar a los hombres. Vienen a enseñarle a los
pobres. Y los pobres van corriendo a los evangélicos porque, por lo menos, les
hablan de Dios.
América Latina no es más católica. Es evangélica (si esto
quiere decir algo. Supongamos que sí, por el momento). Estos sujetos han
empobrecido hasta lo indecible a los pobres materiales. Porque les robaron el
alma. Les quitaron el espíritu. Rifaron su esperanza y, quizás, hasta su
salvación eterna.

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