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lunes, 11 de noviembre de 2019

Sobre la gran desaparecida


Parece que el hombre de nuestro tiempo no tuviera alma. Nadie que debiera hacerlo la menciona. Oyen ustedes hablar del alma a los sacerdotes cuando predican? O a los pastores? O a los tele-evangelistas? O a los filósofos?
 El materialismo que nos sumerge es tan atroz que mató al alma. Hasta la mató en aquellos que debieran recordarnos que tenemos una. El hombre ha quedado reducido al cuerpo y a sus necesidades. Que son exclusivamente materiales.
 La preocupación por el cuerpo es paralela a su enaltecimiento. A su sobrevaloración. Y no es para menos, si consideramos que al no tener alma, el yo se identifica sólo con el cuerpo. Yo soy mi cuerpo. Que es casi como decir-siguiendo a Feuerbach- yo soy lo que como. En definitiva, las emociones, los sentimientos y cualquier otra pulsión son emanaciones de la materia, del cuerpo. Como en los animales. 
 A tenor de la sobrevaloración del cuerpo y la materia, cobra impulso la exaltación de sus necesidades. Potenciado todo en atención a que, al no existir el alma, tampoco existe la posibilidad de una vida más allá de ésta que nos da el cuerpo. La vida actual, la única posible, merece cuidarse y exaltarse con sus necesidades porque tales son las del cuerpo y el cuerpo soy yo. Soy todo yo. 
 Al compás de esto, crece en la sociedad la “conciencia” por la satisfacción de las necesidades “sociales”. Que son poco menos que idolatradas.
 La felicidad radica en la posesión de un bienestar que, a juzgar por sus mentores, no tiene más límite que las pretensiones sin limite del hombre. Si a alguien se le ocurre decir que tal felicidad es una fantasía, no será entendido. Apelar al espíritu o a los bienes espirituales para revelar tal fantasía, será considerado un acto de insalubridad mental o de hipocresía. Porque el alma no existe y, como tal, no puede reclamar bienes que satisfacer. 
 La felicidad del hombre pasa por tener porque tener bienes materiales lo hace ser. Tener es ser. Esta mentalidad materialista ha calado en el corazón de todos, aun de los pobres. El pobre hoy día es también materialista. 
 Los lideres religiosos católicos actuales, que son los que me interesan, en su gran mayoría gastan el tiempo con este convencionalismo: hablar de la pobreza hasta el hartazgo. Es una  especie de altruismo materialista. Encendidas diatribas contra la "teología de la prosperidad" y fogosos discursos por la "eliminación" de la pobreza material. Nada de nada sobre la pobreza espiritual.  Mientras tanto, los pobres (materiales y de espíritu) esperan que les hablen de Dios. No saben que tienen alma porque ninguno de ellos les habla del alma. No saben que hay otra vida. Porque ninguno de ellos se los dice. Por consiguiente, ignoran que tienen un alma que salvar. Es más, alguno de estos clérigos no cree que hay otra vida. Miremos, sino, el actual Sínodo de la Amazonia, con su despilfarro de desvergonzado paganismo. Estos vienen a salvar a la Iglesia después que la hundieron. Vienen a salvar el planeta. Cuando Cristo vino a salvar a los hombres. Vienen a enseñarle a los  pobres. Y los pobres van corriendo a los evangélicos porque, por lo menos, les hablan de Dios. 
 América Latina no es más católica. Es evangélica (si esto quiere decir algo. Supongamos que sí, por el momento).  Estos sujetos han empobrecido hasta lo indecible a los pobres materiales. Porque les robaron el alma. Les quitaron el espíritu. Rifaron su esperanza y, quizás, hasta su salvación eterna.

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