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sábado, 2 de noviembre de 2019

Un giro a la Tradición


Diversos sitios informan que por Decreto del 29 de octubre de 2019, el Obispo de la Diócesis de San Luis en Argentina, Monseñor Pedro Daniel Martinez Perea, decidió mantener en su jurisdicción la costumbre litúrgica de aceptar sólo a monaguillos varones para el servicio del altar, reprobando cualquier costumbre en contrario.
En realidad, una noticia como ésta no debería porqué asombrar si la Iglesia no estuviera patas arriba y su liturgia hubiera roto todo tipo de lazos con la Tradición. Pero como no es así, la noticia asombra. Lo que sucede es que resulta "políticamente incorrecta". Navega contra la moda.
En realidad, esto no debería interesarnos en lo más mínimo. Debemos preguntarnos si lo que hizo el Obispo es conforme a la verdad o no.
Y, en efecto, lo dispuesto por el Monseñor Martínez Perea es fiel a la Tradición litúrgica de la Iglesia.
Sucede que durante el siglo XX, nos ha invadido una suerte de "positivismo jurídico eclesiástico", según el cual la autoridad con facultad de legislar lo hace importándole tres rabanitos la Tradición, las costumbres y las Escrituras. La autoridad emula a los parlamentos, que producen leyes a granel en contra de la ley eterna y el derecho natural. La justicia se ha convertido en lo que el príncipe de turno dice que es la justicia. Es el mundo de Hans Kelsen. Es el mundo del totalitarismo parlamentario. 
Monseñor Martinez Perea, Obispo de San Luis. Seguramente, caerá sobre él toda la monserga del correctismo político y religioso. Hoy no interesa conocer la verdad. Interesa ser novedoso.
El diktat del legislador va acompañado en estos tiempos por la manía de la ingeniería social: el deconstruir lo que hay para construir algo nuevo, sin lazos ni raíces con el pasado. Todo debe renovarse. No se busca la verdad sino la novedad. Lo nuevo es bueno. Lo viejo es malo. Luego, lo nuevo es verdadero. Lo viejo es falso.
Estamos lejos de esa época gloriosa en que un grupo de cardenales pedía a Pio IX modificar el canon de la Misa y él respondía: "No puedo, sólo soy el Papa". Reconocía que había una ley a la que debía respetar: la Tradición. La firme creencia que siempre tuvo la Iglesia de que la Misa de siempre, la llamada "gregoriana" o "tridentina",  había sido recibida directamente de manos de los Apóstoles, le impedía a este Papa reformar el canon.
Introducir monaguillas no está contra la ley positiva, está contra la Tradición litúrgica de siempre. La ley positiva surgió al calor de interpretar la ausencia femenina como discriminatoria. La Tradición surge de entender que sólo los varones pueden acceder al sacramento del Orden, porque Cristo (varón) es el Sacerdote eterno que consumó el sacrificio perpetuo; y son los sacerdotes actuales (alter Christus, y, por consiguiente como él, varones) los que deben renovar ese sacrificio en la Santa Misa. Por consiguiente, no tiene sentido instruir mujeres en el servicio del altar, porque nunca podrán acceder a ese sacramento. Tiene sentido instruir varones en tanto los acerca a probar si poseen o no vocación para tal servicio. Muchos monaguillos terminaron en el seminario.
En el fondo de todo este asunto, está en juego el concepto católico de Misa como sacrificio contra el concepto protestante de Misa como comida fraterna. Pero no es tema de este post.
Ahora estamos en tiempo de liberalismo jurídico. En tiempo de la religión según Hegel. Esta visión tiene un problema gravísimo: la Tradición es fuente de la Revelación. Pese a todo el esfuerzo que hicieron los modernistas para borrarla de la Constitución Dogmática Dei Verbum, no lo consiguieron. Y la Tradición dice que nunca hubo diaconisas, ni sacerdotisas ni monaguillas.
Lo que hizo Monseñor Martínez Perea es poner las cosas en su lugar. Riesgoso en estos tiempos primaverales. Seguramente, lo apedrearán como a la Magdalena. Pero, ¿cuántos preguntarán quién está libre de pecado?

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