Continuamos analizando el Documento final del sínodo de la Amazonia.
Horizontalismo. Aparece
una Iglesia preocupada sólo por las necesidades terrenas del hombre. Lo que
lleva a magnificar los problemas cotidianos. Las carencias materiales. A sobreestimar
las aspiraciones meramente humanas. Este concepto lo desarrollamos ya en el primer artículo de este blog: "Sobre la gran
desaparecida”. Se trata de ese altruismo materialista que caracteriza a parte de
nuestra clerecía. Es un humanismo que no tiene respuestas para la persona
concreta porque se agota exclusivamente en lo material: el alma no existe y sus
aspiraciones son despreciadas como “intimismo”, “espiritualismo”, “misticismo”
y otras tantas que hemos oído hasta en boca de algunos obispos. Las verdades
eternas de nuestra Fe no son proclamadas. La vida eterna se da por descontada,
como si existiera un derecho natural a la vida eterna. No hay que ganarla. Ya está.
No tenés que combatir por conquistarla. Ya está conquistada. De lo que se trata
es de otro combate: una “lucha” por la igualdad, la fraternidad y la libertad
universales. Este bagaje está en contra de toda la Tradición, comenzando por
las mismas Escrituras. Cristo no vino a predicar la sociedad igualitaria ni el
Reino de Dios es la sociedad comunista que estos sueñan. ¿Cómo es posible que no
nos dimos cuenta en dos mil años que esto era el Evangelio? ¿Qué nos pasó que
estos liberacionistas nos abren ahora los ojos? Sólo una interpretación torcida
de las Escrituras puede hacerles decir lo que nunca dijeron. Obsérvese que todo
este materialismo altruista colorea el Documento final. Las apelaciones
frecuentes a la “lucha” o “acompañar en la lucha” (vgr. nº 36 in fine) tienen por
objetivo construir el paraíso terrenal, porque el otro paraíso no les interesa. Es
más: no creen en él. Véase el nº 9 y díganme si no está condensado todo lo que
venimos diciendo. Díganme si no es el esbozo de una nueva religión.
El buen salvaje. Este
mito permea también todo el Documento final. Supuestamente, los amazónicos lograron
una civilización que los occidentales arruinamos; un estilo de vida tan pacífico, armonioso con
la naturaleza y valioso culturalmente que no sólo conviene proteger cuanto
queda sino difundir e introducir en nuestras sociedades. No explica esto cómo
es posible que algunas tribus practiquen
aún hoy el infanticidio. Ni realicen
cultos paganos (siempre vinculados a la hechicería y al curanderismo) o
desconozcan los rudimentos de la ciencia más elemental. Ni que algunos permanezcan
como cuando Colón llegó a América. ¿Cómo es posible que no “progresaran” si esa
civilización era tan espectacular? Que
encierre algunos elementos positivos, no tengo porqué dudarlo. Que Occidente
los tenga en mayor medida, tampoco. Terminemos con esta idiotez de querer
generar en los occidentales una culpa que no merecemos.
Madre tierra. Las continuas
menciones a la que llaman así, con mayúscula, “Madre Tierra” me parecen abominables.
Un asco. La tierra no es mi madre, ni un elemento vivo al que deberíamos
venerar. Así parece desprenderse del Documento. Solo en una mentalidad
paganizada puede caber esta sandez de considerar que los hombres somos deudores
de los elementos de la naturaleza. ¿Qué cosa le debemos a la tierra y al sol? ¿Me
lo pueden explicar por favor? ¿Desde cuándo la luna es mi acreedora? ¿Qué tipo de
crédito está en juego? ¿Es que debo rendir algún culto especial al rayo para que
no me parta, a la lluvia para que riegue mis cultivos o a los ríos para que me
provean de agua? ¿Qué cosa siniestra esconde esta apelación sino panteísmo
encubierto con palabras bonitas? Recuerden el Salmo 135: “15.De oro y plata son los ídolos de las naciones, obra de las manos
de los hombres, 16.tienen boca y no hablan, ojos, pero no ven; 17.tienen
orejas, pero no oyen, ni siquiera un suspiro hay en su boca. 18.Que sean como
ellos sus autores y todos los que en ellos se confían." Amén.
(Continuará).
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