Los
redactores del Documento final, como buenos modernistas que son, utilizan la ambigüedad
y el subterfugio. No hablan claro pues
si lo hicieran serían descubiertos en su herejía
Arrianismo. Nota típica de
todos los progresistas es su negación de la divinidad de Nuestro Señor. Siempre recurriendo a ese lenguaje equívoco, incierto, de doble sentido. Pero hace
rato que estamos alerta. Obsérvese el nº 51: Cristo con la encarnación dejó su prerrogativa de Dios y
se hizo hombre en una cultura concreta para identificarse con toda la
humanidad. Qué quiere
decir “dejó su prerrogativa de Dios”? En la boca de estos arrianos quiere decir
que Jesús en la tierra era simplemente hombre y no Dios hecho hombre. No era
Dios verdadero y hombre verdadero. Era sólo hombre, pues “dejó su prerrogativa
de Dios”. En dónde la dejó, no tenemos idea.
Panteísmo. Sobrevuela en todo el documento. Ese tintineo
permanente de que “todo tiene que ver con todo” o que “todo está relacionado”;
esa sacralización de lo profano, como la del nº 80: “…la preservación de los ríos y bosques, que son espacios sagrados, fuente de vida y sabiduría.” Hay un evidente
endiosamiento de las cosas; una pulsión pagana que se les escapa por los poros.
Cómo es posible llamar “espacio sagrado” a un río o a un bosque? Quién los
sacralizó? Quién los hizo fuente de vida y sabiduría, cual si fuera el Dios
verdadero? Su dios no es Dios. Su dios es en una totalidad cósmica de la que nosotros
también formamos parte. Nosotros somos dios. Y los ríos, y los bosques, y lo
que se te ocurra, también son dios. Y cuando todo es dios, nada es el verdadero
Dios. El Dios personal de las Escrituras se diluye en el dios pagano de los
liberacionistas amazónicos.
Ideología del
diálogo. Yo creo que en este tipo
de documentos cuando no quieren profesar la Fe verdadera y cuando no saben qué
diantre decir, empiezan con la cantilena ésta del diálogo. Parece que fuera una
especie de elixir que resuelve todo. En el posconcilio, el diálogo fue indebidamente
elevado a categoría de auxilio eficacísimo contra cualquier problema. De pronto
descubrimos lo que nuestros mayores no habían descubierto en 2000 años: que con
el diálogo podés curar desde una úlcera hasta convertir a un esquimal. Porque el
tópico es planteado en estos términos ridículos. El diálogo en boca de estos
modernistas es veneno que diluye la Fe. Estos quieren poner en diálogo hasta el
misterio de la Santísima Trinidad. No quieren anunciar la Fe verdadera a nadie.
Quieren discutir todo para disolver todo y terminar haciendo de la doctrina
católica un remedo de Lutero, Calvino, Huss, Zwinglio y Enrique VIII. Las continuas
apelaciones al dialogo en este Documento final tienen esas características: los
modernistas amazónicos no pretenden convertir a nadie, pero quieren dialogar
con todo el mundo. Les gusta charlar, no convertir. No leo en ningún pasaje de
las Escrituras que Jesús les haya dicho a los Apóstoles: “Id por el mundo y
dialogad”. ¿Alguien encontró un pasaje así en La Biblia? (Continuará)

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